Juan Alberto Madile
Morfeo
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Desvelo

Cuando las horas pierden su lógica diurna - en esa duración que el insomnio inútilmente prolonga -, es cuando los instantes dejan de orientarse en orden a mis acciones y se precipitan a la nada, uno tras otro.

Cuando las horas pierden su lógica diurna - en esa duración que el insomnio inútilmente prolonga -, es cuando los instantes dejan de orientarse en orden a mis acciones y se precipitan a la nada, uno tras otro.

Es entonces que experimento el vacío negador de todo sentido posible y que me asomo, ante la ausencia de puente que lo franquee, al borde de ese presente reducido a cada instante aislado, temeroso del abismo que se abre ante mí, en el vértigo de un tiempo que no deja por absurdo de ser perentorio.

Y me digo: “tanto por hacer y tan poco que deja por vivir; para qué y por qué, entonces”. Con recuerdos que revivo pero duelen por su clausura; con mi cuerpo que duele por su fatiga.

Todo se muestra a la sazón como perdido e irrecuperable (lo ya vivido), sin interés ni provecho (lo por hacer); y no obstante, la necesidad de dormir; por los mismos apremios que al no cesar de acosarme a la vez me lo están impidiendo. Ni cesarán de escurrírseme - una vez afrontados  que sean y aunque su resolución pueda momentáneamente aliviar - al cerrarse por detrás de mí dejándome afuera; otra vez inservible.

Con la remanencia postrer de un recuerdo insatisfactorio más, resaca y ausencia ya, de lo que no se pudo o no se supo vivir plenamente. Que la memoria ni completa ni mejora sino que reprocha.

A lamento por el pasado y miedo por el futuro resulto así reducido. Lamento y miedo debidos a tiempo que me consume y a urgencias que me acucian. Pero la misma vivencia me anuncia un miedo más profundo: es a la muerte personal, que presiento agazapada tras cada momento infecundo que muere.

Y en tanto: abismarse de cada instante aislado en su goteo interminable, que en su actualidad absoluta no se deja enhebrar a los restantes en sentido alguno. En un estado que no es: ni cansancio fructífero ni descanso reparador; ni liberación completa de los compromisos ni sumersión total en ellos; ni quietud voluntaria ni arrebato apasionado. Asaltado por laceraciones del pasado, reclamado a la vez por un futuro próximo… y sin que el sueño descienda como alivio…

… Acaso sí, algún estado de extrañeza sobrevenga, de esporádica suspensión de mecanismos y condicionamientos y, con ello, la posibilidad de una perspectiva distinta que permita tal vez retomar algo que tenía postergado… aún a costa del reposo y de los ciclos normales del organismo que de todas maneras no logro conciliar… que por el contrario, todo el cuerpo sienta aquello que se presente con la fuerza vital suficiente como para superarlo… porque volver a considerar algo esencial es fundamentalmente volver a sentirlo… y se siente con el cuerpo… aún con uno fatigado por no dormir, que alcance su sosiego recién, con la paz de alguna realización.

Porque si no puedo escapar de este aquí y ahora al que el insomnio me tiene confinado, sí puedo ensancharlo como experiencia de iluminaciones que la proximidad de imágenes del sueño ayude a concebir. ‘Ensanchar’ de modo que cubra, tanto el pasado como el momento próximo como ese temido momento final. Que si bien no puedo suprimir la muerte, pueda sí controlar el miedo que me produce; no más que movimiento defensivo de mi fuero interno, pero no perder el dominio de mi ser.

Si este presente en apariencia neutro… ¿no está acaso, ya, formando unidad con la conciencia que no duerme y se retrasa para reconocerlo? ¿Y acaso se adelante a un tiempo, en la anticipación de algún reinicio, que la ruptura temporal  del insomnio pueda hacer posible? ¿Aunque sea a costa del descanso?

No puedo en un instante reunir la totalidad de los momentos sucesivos de mi vida; pero sí puedo, en cada momento que vivo, contribuir a la totalización de mi ser; si estrictamente, no soy más que este presente que vivo; no otra cosa que mi aquí y ahora; por tanto para mí, la vida es ahora. Pero este ahora es asimismo actualización de mi ser.

De la nada… algo. Tal el milagro de la vida consciente… que dilata el instante y tensa el arco del sentido… y entre la vida y la muerte algo nace. Esto último muchas veces. De mí depende. En cada desvelo. Que renazca en lugar de morir en ellos.

Por eso, pese a este sacrificio - o porque constituya precisamente su precio -, hacer por que no cese, más allá del ajetreo cotidiano, esta otra puja - que es mi vida más auténtica - por engendrar algo nuevo que sobreviva… al momento y a mí mismo… y que lo haga finalmente en la palabra precisa que lo exprese.

‘Precio’ digo, porque el costo de lo que hago es lo que estoy sacrificando por hacerlo; en este caso, el no reparar fuerzas para la mecánica diaria; es el holocausto de mis neuronas para poder conciliar con lo mejor de mí. Y ‘en la palabra’, digo, porque será recién el lenguaje, en la riqueza de sus articulaciones, modos y tiempos verbales, el capaz de comunicar una conciencia viva de esta inacabable complejidad que constituye la realidad humana; la cual abarca: no sólo lo actual sino lo posible, el pretérito recordado y el futuro esperado, indicativos y subjuntivos, potenciales y condicionales.

Aunque empiece la palabra por manifestar, como tantas veces ocurre, no más que un estado de ánimo, es ella - pensada que sea con rigor y formulada en un contexto armonioso –la que contribuye a afinar una sensibilidad en mí y en los demás, que hace cierta esta superioridad que nos atribuimos: que si hablamos es porque decimos que pensamos y si lo hacemos es porque podemos trascender nuestra condición animal. En un sentir capaz de  superar  hasta el propio cansancio de nuestro cuerpo. Es también por eso que a veces no dormimos. Es cuando podemos decir: “apreciamos en el hombre aquello que lo desvela”. Que no sólo hayamos dejado de ser animales, sino que lleguemos a ser hombres; con dignidad para vivir… ignorando por un rato nuestra inutilidad por envejecer y morir.

Ocupémonos pues, menos de justificar nuestras debilidades y más de aquellas virtudes que siempre han hecho a la fortaleza del hombre… reconocidas desde antiguo…. aquéllas que Jesús encarnó con sus predicaciones, llegando a sacrificar su cuerpo al dolor y a la muerte, por ellas; esto debió valer más que sus milagros.

Es que Dios no está tanto arriba como al final de la vida. Nacemos de un mundo al que, viviendo, podemos o no mejorar. De modo que de todos nosotros depende que haya Dios al final. Si el mismo Jesús se hacía llamar El Hijo del Hombre…

Retomar algo noble decía, fruto de esa suspensión temporal abierta por la vigilia… que sobreviva en la palabra bien expresada… y vivir en el futuro perfecto de esa expectativa (“cuando se me comprenda, lo habré expresado con claridad”)… con la pretensión ilusoria de una sombra de vida en la memoria de alguien…



Juan Alberto Madile 

Rosario, Marzo de 2017   ////    Fecha publicación periodística: 12/06/2017  

                                                                                                  

 



Una buena voluntad