Juan Alberto Madile
Solón
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El conocimiento del sí mismo

Sé que soy yo quien esto escribe. Saber básico de mi estado consciente. Y quien esto publica, actuando para los demás en este aspecto y reflejándome en ellos como quiero mostrarme. Pero más allá de ese saber básico 

Sé que soy yo quien esto escribe. Saber básico de mi estado consciente. Y quien esto publica, actuando para los demás en este aspecto y reflejándome en ellos como quiero mostrarme. Pero más allá de ese saber básico y más acá de lo que estoy representando... ¿sé quién soy auténticamente? ¿me conozco realmente, siendo tantas las veces en que me sorprendo de mis propias reacciones frente a situaciones inesperadas? ¿soy entonces el que se conoce y en tal sentido se conduce, o no más que quien, eventualmente, se atiene a responder al estímulo o a desempeñar un rol? ¿escribo y publico porque sé de mí y creo conocer acerca de las cosas que expreso, o precisamente por ignorarme en tanto que las pienso? ¿me muestro al menos como soy al hacerlo, o por la manera de mostrarme me estoy disimulando en lo que soy , inclusive simulando lo que no soy?

Podría admitirse en todo caso que siempre por mediación de la conciencia ajena podamos conocernos. Que sea sólo así o que también pueda ser así, dependerá de cómo se piense. Pero, no sólo que tal ponderación no está libre de equívocos sino que lo atendido en nuestro análisis actual es la conciencia propia en su relación consigo. Vale decir: en presencia de sí. 

¿Será  que no hay un sí mismo? sin embargo, para psicólogos como C. Rogers, el sí mismo es factor primordial en la determinación de la conducta...

¿Será que no hay un yo por conocer siquiera, como entidad por sí misma y separada de mi cuerpo sino sólo comportamientos: los de un viviente que ha alcanzado la capacidad de diferenciarse del ambiente de sus actos, para volver sobre éstos... y que la conciencia no sea más que un aspecto de ese comportamiento?

Porque la vida a nivel animal, además de necesaria relación con el medio, es ya centro de vida por sí mismo... que diferencia de sí al ámbito al que a su vez debe adaptarse... y es recién a nivel humano que se habla de un yo. Pero sólo cabe hacerlo en dos (y sólo dos) sentidos: o como centro de imputación de lo que se hace y de imputación de lo que se piensa o como punto de vista acerca del sí mismo (en su relación con las cosas). 

En medio, sólo hay relaciones, mediaciones entre lo físico (como materia estructurada) y lo psíquico (que la estructura), sin dejar de dependerse de la organización del organismo todo.

Proceso que no se detiene, de diferenciaciones y relacionamientos; en que todo se diferencia y relaciona, sin alcanzar una separación completa; de ahí la unidad individual, si bien compleja, que soy: diferenciación de la realidad exterior, de la que mi organismo no puede prescindir y de cuyo intercambio sobrevive; diferenciación de mi cuerpo, del que surge la conciencia de sí; diferenciación aún, inmediata, de mi cerebro mismo, de cuya actividad mi mente resulta.

Es por el funcionamiento de un sistema nervioso altamente especializado y centralizado (por el cerebro en particular) que se desarrolla un psiquismo que nos hace considerar, desde la perspectiva de nuestro yo, que cada uno es una mente, sujeto de tal psiquismo y conductor  de su propio cuerpo.

Es esa perspectiva la que nos permite, no sólo percibir la realidad (percepción que es ya su estructuración) sino contemplar un mundo; es decir, una totalidad de lo real; y observarnos a nosotros mismos, en lo que hacemos y pensamos.

Sólo perspectiva imaginada desde afuera (pero para vernos, aún a las cosas, que lo son en relación con nosotros). Perspectiva que también es horizonte, punto de difusión y convergencia respecto de nuestra vida. Nunca entidad sustantiva que sea fija y permanente sino tan sólo referente de nuestra identidad.

Lo que no se niega es que, habiendo vida, al menos desde el nivel animal, no se trata sólo de reacciones y secreciones químicas sino de procesos que parten de una unidad orgánica o centro de vida. Que se expresa. Lo hago yo ahora mismo a nivel consciente, escribiendo y publicando.

De modo que la mente, función superior del cuerpo em definitiva, debe ocuparse y preocuparse por este último, puesto que de su conservación depende. Someterlo a disciplina y hacerse a través de él. A través de su comportamiento. Precisado además de un sentido de la realidad (conscientemente estructurada ésta) que el instinto animal no requiere. Es que el hombre integral (mente-cuerpo) está sin embargo vacío. Adviértase que "íntegro" es que no le falten partes, pero ello no implica que esté ya completo, lleno y acabado. El sí mismo debe entonces hacerse por sí mismo. Por referencia a una imagen de sí en Futuro perfecto ("en mi futuro, habré sido...") que oriente a un comportamiento que dé significado a su vida. En una realidad entendida como totalidad y no sólo como medio ambiente (que a las restantes especies les es suficiente, en cambio, reunidas que sean las condiciones para su adaptación).

Lo correlativo al hombre integral no es pues, solamente, un medio ambiente apropiado, sino un mundo significativo; correlato de una conciencia inteligente.  

Y en cuanto a su ser, es algo permanentemente abierto e inacabado durante el proceso de su vida. Siempre en devenir. Que recién se completará, paradójicamente, cuando el proceso se agote con su muerte. Es que el ser, surgido de la nada (de ese punto de difusión), termina coincidiendo con ella (a ese punto de convergencia). Que es también cuando el ciclo vital, tras volverse a sí en la autoconciencia humana, se cumple.

Pero habrá dejado entonces, si la existencia inteligente no hubiera sido en vano, la expresión de las vivencias como registro en la materia o retención en la memoria ajena; que alguno a su turno podrá retomar; sólo que lo hará según su perspectiva. Entramos aquí al plano de la historia.

Pero volviendo a nuestro enfoque: ¿qué podemos conocer entonces, nosotros de nosotros? nuestra propia identidad; que es colectiva y es individual; única en sí pero siempre en construcción en su hacerse; puesta, sí, en cuestión, en cada situación que enfrentemos, con sus exigencias particulares; poniendo a prueba cada vez, la opinión que tengamos de nosotros.

Y es que es aquí, justamente (sobre todo en la adversidad) donde podremos conocernos: por posesión de uno mismo en la conducción de un comportamiento coherente y de acuerdo consigo.

Nos resta un interrogante: ¿cómo es posible esta relación con uno mismo, siendo que toda relación supone una separación (aunque relativa) entre elementos distintos (que en algún aspecto se orientan entre sí y así se relacionan)? 

Porque en el autoconocimiento también la hay, sólo que la hay entre uno y uno mismo por una escisión ideal o desdoblamiento del sí mismo, que una operación de abstracción toma como objeto, observándose a sí mismo: sea en su pasado, retenido por la memoria; sea en su comportamiento presente, autoconsciente; sea en sus proyectos. La mediación, en este caso, puede decirse que es el comportamiento de su cuerpo; el mismo a través del tiempo y sustrato de su identidad. Lo en relación en este caso, es la serie de los actos del comportamiento, en la sucesión temporal de su despliegue, pero en tanto que aprehendida por el mismo sujeto que los realiza.

En conclusión: el hombre, aún irreflexivamente, se sabe el sujeto de sus actos. Así lo manifiesta en su discurso, que inicia con "yo..." al referirse a sí mismo. Y puede conocerse, en el sentido de saber quién es. Puede hacerlo a través de otras conciencias, por definiciones contenidas en la cultura social que comparte,... Pero lo que nos venimos preguntando es la posibilidad del conocimiento propio, por sí mismo. En cuanto a relación del sujeto consigo, es demostrable; lo prueba el planteo moral, en donde el hombre se juzga a sí mismo. Y en cuanto a que pueda conocerse, también lo es. Sólo que en tanto vaya viviendo, recién tendrá qué conocer. Que no sólo conocimiento sino toma de posesión de sí mismo será... si su conocerse hubiere significado su autocontrol.

El conocimiento de quién soy y la verificación de su verdad en mi comportamiento, en tal caso, habrían coincidido con el objeto que ese conocimiento descubre: mi identidad.

Y al final del camino, cuando los brillos empalidecen y las acumulaciones cesan, quede lo más valioso y que se lo mantenga, no gracias a la vida sino pese a sus desengaños: la bondad... Y por ello, que no deje nunca de conmovernos la ternura triste de un hombre bueno, que ha vivido demasiado.

                                                                                   Rosario, Octubre de 2018

Juan Alberto Madile

[Columna publicada en "Reflexiones" del periódico La Capital de Rosario (Argentina), ligeramente acortado su texto por exigencias del formato de publicación, con el título "Que al final del camino de la vida quede lo más valioso", el 22/10/2018] 

  

 

 

 

  

 



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