Juan Alberto Madile
Aristóteles
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Conocer para ser feliz, una propuesta aristotélica

¿Conocer para ser feliz? Así lo propuso Aristóteles, en quien se reúne y compendia el pensamiento griego anterior a él, que fuera

I. ¿Conocer para ser feliz? Así lo propuso Aristóteles, en quien se reúne y compendia el pensamiento griego anterior a él y que fuera arquetipo del mundo occidental posterior (del romano, del medieval, del moderno y hasta del contemporáneo).

Que me permito presentar en un esquema, que debe ser contextualizado en tiempo (histórico) y en espacio (sociocultural):

1) El hombre tiene una naturaleza ya dada, con fines por ésta asignados (que hoy se traducen como bienes culturales); con una orientación hacia el bien -así creía el filósofo-.

Naturaleza humana que es social y racional. Inmerso él en una comunidad evolutiva (que va de la familia a la sociedad y de ésta al Estado), que tal es su naturaleza social. Y dotado de entendimiento, que tal es su naturaleza racional.

Éste, su entendimiento, se forma a partir de una percepción, que la memoria retiene y la imaginación configura en imágenes; las que constan de materia y forma; es de estas imágenes que el entendimiento abstrae la forma (de la materia) y aprehende así la esencia de las cosas; que el respectivo concepto que se forma de ellas, capta.

2) Su conclusión: que el supremo fin del hombre es el conocimiento de lo universal, cuya contemplación coincide con la felicidad.

3) Esto en cuanto al pensar del hombre. En cuanto a su conducta, lo que vale para el filósofo es la moderación que se halla en un término medio -que no significa relativismo-, en una conducta guiada por la virtud de la prudencia; se trata de hallar el término óptimo entre los extremos del exceso y el defecto; que no es algo fijo sino dependiente de características (las de cada uno) y de circunstancias (las de la situación respectiva), -lo que tampoco significa relativismo-: es la medida que la razón dicta al hombre prudente.

II. Pero al precedente esquema le caben algunos ajustes:

1) que, si bien el hombre es ya presentado por Aristóteles -podría decirse desde abajo-, como animal racional, sus fines son aún determinados por una sustancia universal (en las esencias en que ella se concreta), no por sus propias determinaciones; y orientados esos fines al bien, sin contemplar otras tendencias que hoy la psicología debe afrontar (como la existencia de un impulso destructivo a la par de la pulsión erótica, que Freud señalara).

2) que, si bien el conocimiento se hace ya derivar en él, de una experiencia de las cosas (y no  por directa intuición de la idea platónica), su objeto en la realidad, es una naturaleza que se supone dotada de una racionalidad orientada a fines. Vale decir -en términos aristotélicos-, no sólo en razón de causas eficientes sino de causas finales.

3) que, si bien a tal conocimiento (el teórico), tenido como fin en sí mismo y ajeno a otros intereses, lo hace culminar en una serena contemplación del universo (o de la verdad de éste), no previó (no pudo hacerlo en su tiempo) el desarrollo científico ulterior que no sólo fue teórico sino de aplicación tecnológica; con el formidable poder que resultó de ésta -también de destrucción- que quedó a disposición de un hombre que tiene, comprobadamente también él, tendencias agresivas y destructivas.

4) que, si bien era ya éste definido como animal social (además de racional), faltó la consideración de una dimensión cultural que media entre individuo y comunidad, con su correspondiente sistema de transmisión educativa y que consiste en un proceso de internalización psíquica; que hoy la ciencia investiga, evitando extravíos metafísicos y reduciendo pretendidos valores, esencias e ideas, a bienes culturales; que corresponden a épocas y sociedades concretas.

III. Nuestra conclusión por fuerza, puede que no coincida del todo con la noble aspiración aristotélica -sin mengua de su mérito en el consejo de una conducta equilibrada y prudente-, quizá debido a las menores dificultades que -suponemos- su época tuvo, para reunir (dadas ciertas condiciones), al saber con la felicidad: "Será la contemplación la felicidad perfecta del hombre, si se le añade largueza de vida", aseguraba. 

Porque a la sazón, razonaba Aristóteles: a cada ser, lo que es propio de su naturaleza es lo que le procura felicidad; y lo propio del hombre es el entendimiento; por lo que el ejercicio de éste le procurará aquélla. Y orientado tal ejercicio a una realidad concebida como un orden de razón, su contemplación apacible y reposada no podía menos que procurarle felicidad, fin supremo de la vida humana, concluía.

Sin embargo, aún según el mismo pensador, el conocimiento surge de una experiencia de la realidad, tenemos dicho. Y si ésta se le muestra hoy ingrata al que conoce, ¿este conocimiento podrá igualmente hacerlo feliz? ¿alcanza con tomar conciencia de la desgracia para suprimirla?

Pero la respuesta que demos a esto ha perdido a esta altura del texto, su relevancia. Cualquiera que ella sea, siendo irreversible la complejidad de la sociedad actual y siendo urgentes de atender los riesgos que le son inherentes, es indiscutible que la opción nunca podrá ser algo que se oponga al conocer. Es que la ignorancia, no sólo que no resuelve los problemas que el conocimiento aplicado ha provocado sino que añade resentimiento a quienes los padecen; lo cual empeora la convivencia y dificulta las soluciones. Lo demuestran las consecuencias en un país como el nuestro, cuya política ha preferido anteponer el fútbol a la educación. Circo, sin siquiera pan.

Mientras que, cuando en otro tiempo aconsejábamos a un joven a que estudiara, no le estábamos sugiriendo que así ganaría más dinero que un deportista profesional. Claramente, nuestra exhortación era de otro orden y contenía otra cualidad, tanto intelectual como moral. Es esto lo que interesa retener de Aristóteles en lo que exponemos.

Por consiguiente, aprender para no ser ignorantes, sólo eso; que en eso consiste nuestra dignidad de seres humanos, sin que interese si conociendo alcanzaremos aquel deleite del sabio (que contempla y se autocontempla) que Aristóteles pretendía en un mundo diferente.

Su publicación periodística: el 23/11/2020, en la Ciudad de Rosario, República Argentina.