Juan Alberto Madile
San Agustín
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La memoria del tiempo vivido

Es ya de Agustín, el obispo de Hipona del siglo IV, la aguda observación de que el tiempo no es una línea donde se sucedan los hechos

Es ya de Agustín, el obispo de Hipona del siglo IV, la aguda observación de que el tiempo no es una línea donde se sucedan los hechos sino que son secuencias para una perspectiva. En donde el pasado ya no es, el futuro tampoco es todavía, y el presente no tiene duración. Entonces, ¿qué medimos en él? la sucesión de estados de las cosas que duran. Índice del tiempo es el curso mismo de esas cosas, el movimiento. Pero movimiento no es tiempo. Para que podamos medir lo que cambia, se hace preciso que lo que transcurre lo haga ante algo que no lo hace, que es la conciencia. En la que el pasado se conserva como memoria y el futuro se hace presente como expectación. Debiéramos acaso decir: "presencia" del pasado, del presente y del futuro. "El tiempo es una distensión del alma", concluía el religioso.

No consideramos aquí la naturaleza física del tiempo. Y respecto de la memoria, la psicología moderna no admite que haya olvido como si de su destrucción se tratara. Por el contrario, nada de lo una vez formado en la vida psíquica, desaparece; y todo puede volver dadas las circunstancias. Porque si bien es cierto que en otros órdenes las formas antiguas suelen no conservarse en las actuales ni tampoco suele ocurrir eso en la evolución de los seres vivos, en lo psíquico persisten los estadios previos junto a la forma definitiva. Aquí, "la conservación del `pasado es la regla", afirma Freud.

Es así que, en cierto modo y medida, con nuestra memoria al tiempo lo "retenemos", no obstante su fugacidad y la brevedad de ésta, nuestra frágil duración. Y no es tanto que de nuestra voluntad dependa. Ello ocurre cuando creemos haber olvidado y, aún, cuando nos oponemos a recordar sucesos penosos, que igualmente retornan a la mente.

Y no sólo que tenemos memoria de lo vivido: ella constituye nuestro ser mismo. Lo prueba que dejamos de ser, cuando la perdemos. Constituye nuestro ser en el sentido de que somos lo que hemos vivido.

Supongamos que yo ahora esté pensando; y que pensando, dude saber algo; puedo dudar de todo, menos de que estoy dudando; significa que estoy vivo. No puedo asegurar en cambio si dudaré (ni si estaré vivo) mañana, puesto que el futuro es incierto. Pero mi pasado es un hecho: es la serie de mis actos que condujeron al momento actual, el proceso de mi vida hasta aquí que formó la persona que soy. De modo que, cuanto menos, sé que existo ahora y que ahora sigo siendo lo que "he sido" (puesto, gramaticalmente, en tiempo pretérito perfecto: un pasado cuyos efectos se prolongan al presente).

Pasado que se cierne y gravita sobre cada nuevo instante presente, aunque estemos vueltos a las circunstancias de éste y atentos a las novedades que nos depara. Somos en definitiva, en tanto que estemos vivos, la continuidad de un transcurrir y de un discurrir: transcurrimos en el "curso" del tiempo, y en tanto, hacemos y pensamos y lo expresamos, que es nuestro discurrir. Somos un transcurso que discurre.

De modo que las secuencias del tiempo diferenciadas por el teólogo son en verdad dimensiones de nuestra vida, que se inter-penetran en nuestra conciencia: la "presencia" del pasado en cada instante presente, que debo afrontar con sus imprevistos, así como su aplicación a mis proyectos, que como experiencia aprendida oriento al futuro.

Comportamiento que no deja por eso de ser auto-determinación. Hecho posible, biológicamente, por la intervención de un cerebro complejo (en el organismo evolucionado) que media en el mecanismo medular (que sería reflejo directo e inmediato al estímulo) eligiendo en cambio la  respuesta motriz en función de lo que conviene al organismo. Esto genera un margen de indeterminación que cerebro y mecanismo motor habrán de determinar; vale decir, que habrán de auto-determinar.

Comportamiento que es libre en el hombre, y aún creativo, aprovechando la energía lentamente acumulada en la materia (y valiéndose también, en el caso de éste, de las significaciones en ella registradas) en rápida descarga de movimiento. Tal como, en la creatividad humana, a una paciente acumulación (que así combate la rutina) la sigue una súbita impaciencia que se vuelca a la obra.

Es así que realizamos nuestro ser en el tiempo. Porque somos el tiempo mismo, somos ese curso (aunque nos huya) y somos nuestra conciencia de él (que sólo así retenemos). Tiempo existencial como devenir de lo humano, que nunca alcanza un ser definitivo ni puede la conciencia abarcarlo en su totalidad... sino sólo vivirlo en su sucesión y hasta su agotamiento (que es en verdad, el de nuestra vida). Y en tanto, el ejercicio de nuestra libertad, de la realización personal que hemos elegido. Que "realizar" es "hacer realidad".

Memoria entonces: en el presente y para el futuro. Unidad de la persona en el tiempo... que no suprime su libertad. Que mientras tenga un proyecto... un futuro se le abre.

¿Habremos aprendido -aplicado lo expuesto a nuestra realidad- de esta experiencia pandémica que padecemos, transcurrida (y discurrida) que sea, el modo de salir de ella más humildes, sufridos y solidarios para la reconstrucción de una sociedad mejor?

¿Exigiremos la debida rendición de cuentas a los responsables de su gestión? Nuestra hipertrófica estructura de poder, ¿habrá de permitirlo? No lo parece... pero cuidado, que cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto. 

Su publicación periodística: el 10/05/2021 en la ciudad de Rosario (Argentina).



Una buena voluntad