Juan Alberto Madile
Industria
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Creación, producción y destrucción

Vivimos en una sociedad globalizada. Lo que significa que existen complejos lazos económicos y sociales que vinculan a países y personas de todo el mundo. De lo que se sigue que la interdependencia de todo y de todos, es hoy mayor que nunca.

Vivimos en una sociedad globalizada. Lo que significa que existen complejos lazos económicos y sociales que vinculan a países y personas de todo el mundo. De lo que se sigue que la interdependencia de todo y de todos, es hoy mayor que nunca.

Avances en las comunicaciones, en la tecnología de la información y en el transporte, permiten conexiones entre lo local y lo global, lo que incide en casi todos los aspectos de la vida humana: en lo ambiental, en la pobreza, en el mercado de trabajo, en la vida privada, hasta en la personalidad individual. Con procesos de intensificación de las relaciones sociales y entonces de la interdependencia, ahora a  una escala planetaria.

Todo lo cual es imposible no afecte la vida cotidiana. Y obligue a adoptar una perspectiva global. ¿Mayor conciencia por eso de las consecuencias que tienen las acciones y de los riesgos por lo imprevisibles que son procesos complejos que nos afectan a todos?

¿O no es más que un fenómeno económico? Bajo un aspecto, sí lo es: se trata de la acción de las corporaciones multinacionales en la producción global y su efecto en la distribución internacional del trabajo; facilitada por tales técnicas electrónicas y tales medios de comunicación.

Y aunque éstos permitan el acceso también de la persona individual al flujo de información sobre gente y acontecimientos lejanos, así como su interconexión con personas de  lugares distante y de otros países y culturas, ocurre asimismo que esas comunicaciones son intervenidas e interferidas, penetrando su espacio privado y profanando su intimidad.

¿Aumento entonces, bajo otro aspecto, de la conciencia de una responsabilidad social? No parece; no al menos en quienes inciden en la mayor medida en las consecuencias indeseables del proceso. No obstante que U. Beck hable de una sociedad del riesgo global - que no se ve que se asuma - , que es medioambiental y sanitario pero debido también al que conllevan las decisiones en general, por la mayor indeterminación de la vida actual. O sea que la responsabilidad es de todos.

En virtud del acuerdo multilateral de la OMC sobre la supervisión de los derechos de propiedad intelectual, calculaba A. Giddens (en el año 2000), que los países ricos poseían el 97% de las patentes, quedando sujetos a la rentabilidad intereses vitales, como la biodiversidad. Lo que termina afectando a todo el planeta; incluidos ellos.

‘Globalización’ que incide pues, tanto en lo público como en lo privado, en lo social como en lo cultural. Y se manifiesta como red mundial de productos. En definitiva: de marcas, que, aunque se presenten como integración posnacional, invaden de hecho la vida cultural para el beneficio de algunos.

¿De qué manera lo hacen?

Por la intrusión de empresas privadas en centros de estudio, donde las investigaciones universitarias se parecen cada vez más a investigaciones de mercado y donde los programas sólo buscan la inserción en ellas. Convirtiendo los logos, con su ubicuidad, en el lenguaje internacional, como la periodista N. Klein ha señalado. Las empresas, detrás de ellos, se hacen más poderosas que los gobiernos y gravitan nada menos que sobre el empleo, aún sobre las libertades públicas, en el espacio cívico.

Invasión del espacio social; influencia cultural; gravitación en la vida pública; por las marcas y los logos. P. Knight, presidente de Niké, llegó a proclamar en una conferencia: “marca sí, productos no”. Éstos naturalmente se siguen produciendo, pero en lugares remotos y a bajo costo (lo que resta fuentes de trabajo, vale advertir, en los países centrales mismos).

Gracias a los cambios estructurales comerciales y laborales de los `80 y los `90,  lo que algunas grandes empresas en verdad producen no son más que imágenes de sus marcas. Operan así fusiones; que no las hacen más grandes; precisamente porque no producen sino que tercerizan productos y les ponen su marca, reduciendo personal y precarizándolo; otorgando licencias de producción y franquicias comerciales.

Como el objetivo de la marca es publicitar el producto (además de que se administren tales licencias y franquicias), ellas patrocinan eventos cuyo protagonista por último termina siendo la marca misma. Invasión en la cultura popular, por tanto.

Es que el significado de la gran empresa moderna pasa a ser la marca. Siendo la publicidad el vehículo de transmisión al mundo de ese significado.

Se inunda así el mercado de productos fabricados en masa y casi idénticos entre sí. Teniendo la publicidad que construir una imagen diferenciadora. Con la cual el consumidor pueda identificarse; adoptando un estilo de vida inclusive, por la experiencia que se le dice tener de ella.

Salvo que esta identificación y este estilo de vida son superficiales y exteriores, por ausencia de contenido. Sólo queda la ‘creatividad’ de lo comercial, los giros de la moda que no son más que repetición de lo trivial, la ‘visibilidad’ como engañosa medida del éxito. Habiéndose conseguido en tanto sustituir ideas y valores.

Se da la paradoja que las empresas, que buscaron patrocinar algún acontecimiento auténtico para que dé significado a sus marcas, al terminar usurpándolas han ido perdiendo esa autenticidad que necesitaban. Consiguiendo, esto sí, empobrecer el mundo de la creatividad y de la cultura.

Apropiación comercial del espacio social que alcanza a todos los sectores, explotando las inseguridades de la gente y haciendo de los cambios de modas ‘cambios de paradigma en sentido trascendente’. Que es en realidad una inducción al engaño; porque la visibilidad que a ciertos sectores le aparenta lograr, no es reconocimiento ni es aceptación de la diversidad, sino que no es más que incorporación de nuevas franjas de consumo; no habiéndose suprimido con ello ni prejuicios ni demás males sociales.

El mundo de la cultura misma termina reducido a la lógica de los negocios. Y la diversidad, a una “misma diversidad que se vende a todo el mundo”.

Sólo que a medida que la cultura se hace más homogénea, se descubre que no hay ideas ni estilos de vida, sino simplemente productos. Que es para venderlos que se ha promocionado una idea, engañosa. Al costo de sustituir con ésta al significado cultural.

Y lo peor: se globaliza la economía pero no crece el trabajo.

Con lo que se pierde la confianza en el sistema; y, siendo que se mantiene la exigencia del consumo y del estilo de vida no obstante la precarización del trabajo y siendo que sobreviven los prejuicios, lo que aumenta es la delincuencia y la violencia.

Con un resultado final del proceso que es hoy ya manifiesto: la crisis ecológica. La contaminación, el agotamiento de los recursos, la acumulación de los residuos.

Nuestra conclusión – que no podemos seguir desarrollando aquí - es que creación (cultural) no es lo mismo que producción (material), aunque hoy hasta para una obra de arte se hable de ‘producto’. Que consumir una cosa no es lo mismo que consumar una aspiración del espíritu. Y que la producción y el consumo (globales), sin restricciones medioambientales, laborales ni de seguridad, no pueden sino desembocar en la destrucción de todos.

Y se comprueba: no es que con mayor consumo y producción globales haya más trabajo. Por el contrario: la directa búsqueda de la ganancia para el mero consumo, en un mundo con facilidades de comunicación, mucho más interdependiente pero carente de valores y de solidaridad,  lo que ha permitido perfeccionar es la escala del crimen organizado.

Porque la idea intelectual y la creación artística, tan ricamente cultivadas por Occidente, están siendo suplantadas o dejadas morir.

Juan Alberto Madile 

 Rosario, junio de 2014.
Publicación periodística: 28/07/14.

 



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