Juan Alberto Madile
Virgilio
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El poder transformador de la poesía

Vivimos mal y hablamos peor; vivimos ansiosa y angustiadamente; hablamos grosera y agresivamente; en el trabajo y en el tiempo libre, donde se nos “entre-tiene” con programas televisivos

Vivimos mal y hablamos peor; vivimos ansiosa y angustiadamente; hablamos grosera y agresivamente; en el trabajo y en el tiempo libre, donde se nos “entre-tiene” con programas televisivos en los que se fabrican debates y conflictos que nos sumen en irritación e impotencia; se escribe del modo más llano posible que evite el esfuerzo y sobre algún tema escabroso que atraiga una atención dispersa.

Contrapongamos entonces, la palabra intensa y elevadora de la poesía. Y no se diga que es esto extravagante y sin relación: ella ha sido el lenguaje primordial de nuestra cultura occidental, en la Grecia antigua, anterior al pensamiento racional mismo: transmisiones acerca de seres fabulosos, a quienes se atribuían los acontecimientos y en quienes se expresaba la emoción, que con el culto modelaban la vida humana. De manera que el mito (en la palabra) y el culto (en la conducta) ya contenían una actitud consciente de la realidad. Expresada poética y solemnemente.

Y a ese saber no lo recibieron los griegos por Revelación sino de los poetas; más precisamente de las Musas, de quienes los poetas se decían escuchas.

Píndaro, En el Himno a Zeus, refiere que éste, consumada la ordenación del mundo, preguntó a los dioses, “sumidos en silenciosa admiración”, si faltaba algo para que fuese perfecto. Y le respondieron que algo faltaba: una voz divina para “pregonar y alabar” toda esa magnificencia. Y le rogaron que engendrara a las Musas. Para lo cual, el rey de los dioses se unión con Mnemósine (Diosa de la memoria, hermana de Cronos y por tanto tía suya), quien alumbró a las nueve Musas.

Politeísmo, se dirá, multiplicidad de dioses… pero en armonía… por obra ordenadora  de Zeus… y eso es, ya, belleza. Fue propio de lo griego el unir lo bello, con lo verdadero y lo bueno…

Forma del decir, la poética, referida al mito y al rito (y reguladora por tanto del comportamiento social) que, como las demás artes, se subordinó después a la autoridad religiosa en la Edad Media, pasó a ser “decoración” de una sociedad aristocrática más tarde, en la Moderna, hasta que en la Contemporánea se independizó de los poderes sociales.

Sin que fuera sustituida ni por la ciencia ni por la tecnología. Es que, sin olvido de aquella unión propia de los griegos antiguos, los valores a que responde son otros: no se trata de lo útil sino de lo bello; es lo que complace (y eleva) inmediatamente y sin referencia a un fin. Y si algún fin se le quiere hallar, es de otro orden que el dominio de la naturaleza. Valor distinto también del puro conocimiento (la verdad) y, aún, del valor moral mismo; siendo que regla no es lo mismo que libertad.

Y en esta Edad Contemporánea, al cultivo del arte se añade su reflexión: la Estética, separada de los sistemas filosóficos, y la Historia del arte. Esta última ha hecho explícita la noción del tiempo en su consideración. Por eso, hoy el arte es la tristeza de lo efímero y fugaz de la belleza; pero que no deje de ser por eso, promesa de felicidad: la de la obra que aún no se hizo, que refleje al hombre que aún no somos y que queremos ser.

Pero entonces, no sólo que la poesía nos exalta y eleva sino ahora, fuera de consideraciones mágico-religiosas, que nos haga más humanos. El auténtico humanismo es aquel que acepta su condición, sensible y solidariamente.

Y no es solamente que en nuestro mundo la poesía conserve su necesidad: desde los siglos XIX y XX ha dejado de ser ella imitación de lo clásico o continuación de lo romántico, para manifestarse con un lenguaje nuevo; que hasta ha pretendido transformar la vida humana.

Es que el buen decir y escribir, es dar existencia por ejecución; lograda que sea la forma. Lo que no existía ni tenía razón de ser, pasa a ser una existencia con razón de ser en sí misma, por ejecución de la obra. La misma ejecución tiene su lógica interna; no se reduce al proyecto ni a la intención del artista ni tampoco su resultado coincide nunca totalmente con la idea originaria. Hay arte, exclusivamente, porque hay obra; y la obra es una existencia que tiene un ser; porque es un mundo en sí misma; si digo: “la Gioconda” o digo “Beatrice”, no refiero sólo a singularidades sino que ellas son significativas; pero el significado lo es de la singularidad misma; no por remisión a la modelo del pintor ni a la inspiradora del poeta, sino por la forma y equilibrio de elementos contenidos en la obra misma, únicos y diferentes de toda otra Gioconda o Beatrice. Existencias que compenetran nuestra vida e inciden en ella.

Claro que esta transformación sólo puede ser a partir de esas formas; observaba Malraux que las del arte son conquistas de formas; hechas por formas; que es verdad que un artista de genio puede contribuir a cambiar la significación del mundo, pero que lo hace a través de formas; que elige o inventa.

Y ellas nos afectan: habida cuenta que nuestra vida no puede trascender su finitud animal más que con eso: con forma y con modo. Es desde y hacia formas (culturales); y según el modo de esas formas. Con cambio y sin pérdida – que lo sea - de sensibilidad estética y de creatividad.

Si hasta el arte puede representar lo feo sin pérdida de éstas. Que no suele ser otra cosa que intento por demoler formas estéticas anticuadas; dado que la necesidad de expresarse hará que de sus ruinas se compongan otras.

Y si insistimos en preguntarnos: ¿y qué función cumplen una vez reales, tales formas, exteriores y objetivas, del espíritu humano? Es que precisamente: constituyen el acceso a una realidad diferente, en que juegan la fantasía y la creatividad; hacen posible una grieta en el ser real material, que nos permita acceder a otro mundo, aunque hoy sepamos que está éste, contenido en aquél; vale decir: hacen lugar a la libertad humana; con el ejercicio de la cual nos opondremos al avasallamiento por el poder y a la infiltración por la sugestión; nada menos; sin obras de arte y sin libertad, sólo queda la muda materia, sin ventanas, con sus cosas, sus máquinas y su manual de instrucciones. … Y no se pregunte el ‘para qué’ a ser libres… sin dejar comprometida a la propia dignidad.

Pero en todo caso, ¿puede la poesía cambiar algo? analicemos: con Edad Contemporánea: ni voluntad de Dios, ni naturaleza humana, ni esencia invariable de la realidad. Ya antes, con la Ilustración: que predominen las ciencias y se las divulgue; con el idealismo alemán: que a la verdad no se la halla sino que se la hace; con el romanticismo: que el arte no es imitación sino expresión, y que ocupe el lugar tradicionalmente asignado a la religión y a la filosofía. Sólo quedan entonces proposiciones, que si bien son referentes a las cosas, no tienen más que un valor relativo; al haber dejado de ser el lenguaje divino, o de la naturaleza humana, o de la esencia de lo real. Y cuando tales proposiciones son científicas, además de su provisoriedad han pasado a depender de la tecnología y de la industrialización; y del mundo de los negocios, generador de la cultura de masas que nos embrutece.

Pero que hoy se hable todo el tiempo para decir poco, no demuestra la inutilidad de la palabra ni la ausencia de todo significado… creamos fervientemente en su poder transformador… Y a este poder de crear palabras, fuertemente emotivas y que pueden ser por tanto impulsoras de la conducta del hombre y en definitiva transformadoras de éste mismo, lo tiene la poesía.

¿Con sólo palabras? no sólo con ellas; pero no sin ellas; que cuando son auténticas constituyen el mayor estímulo para una conciencia inteligente… ¿en este mundo incierto y peligroso? sí, porque basta que se trate de una realidad contingente para que pueda darse el azar y pueda surgir la novedad. Y deje espacio entonces para la libertad humana.

Y es la poesía la que juega libremente con la palabra - independientemente inclusive de los significados -, la que hace brotar la metáfora y alimenta la imaginación creadora. Sin veneraciones ya; como expresión  elevada del hombre.

Juan Alberto Madile                                                                                                            

Rosario, marzo de 2015                                                                                                   

(Publicación periodística: 23/03/2015)



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