Juan Alberto Madile
“El pensador”
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El sentido de las cosas

Normalmente, nadie que esté conforme con su vida se plantea si ella tiene sentido. Salvo en momentos de ‘extrañeza’, propios de la condición humana. Esto responde a una propiedad de la conciencia que no trataremos aquí.

Normalmente, nadie que esté conforme con su vida se plantea si ella tiene sentido. Salvo en momentos de ‘extrañeza’, propios de la condición humana. Esto responde a una propiedad de la conciencia que no trataremos aquí. Pero en condiciones normales de su vida personal y social, no lo hace. Sin embargo hoy, a pesar de la riqueza de contenidos y posibilidades que parece ofrecer nuestro mundo,  ocurre que nos preguntemos, con creciente insistencia, qué sentido tiene nuestra vida, para qué hacemos lo que hacemos… les termina pasando hasta a los más ambiciosos...  a muchos jóvenes, lamentablemente, que se preguntan para qué el esfuerzo…

Pero comencemos por ubicarnos: vivimos en una sociedad compleja en la que ocupamos un status y desempeñamos roles. Es compleja porque consta de sistemas institucionales que cuentan con organizaciones. Esto es: hay diferenciación institucional y funcional, con organizaciones llamadas dinámicas. Y ocupamos un lugar en ella, pero que es más la serie de nuestros compromisos sociales, no necesariamente compatibles entre sí, que una posición social consistente.

Por tanto, si volvemos al individuo común: quien interviene en distintas instituciones con diferentes requerimientos funcionales; que como agente de algún puesto en una organización, debe adoptar decisiones aún en condiciones de incertidumbre (por ser dinámica); que, en general, desempeña roles muchas veces incompatibles;… ¿puede llevar una vida coherente? ¿puede tener algún sentido unívoco, lo que hace?.

Y no es que viva en un mundo irracional ¿cómo considerar irracional a la inmensa serie de procedimientos y mecanismos sociales que debe seguir y a la gran cantidad de máquinas que debe aprender a manipular? Si son objeto de una aplicación científica, si precisamente resultan de resolver infinidad de problemas técnicos, no pueden carecer de razón.

Para dar respuesta, conviene empezar por analizar el desarrollo de este tipo de racionalidad; y compararlo con la naturaleza del pensamiento humano.

Porque este último ha partido, ya al nivel de la sensación, por una organización plástica de la realidad, de manera de poder adecuar de un modo ordenado, el comportamiento del sujeto en ella. Sólo que en esta organización han participado, también, tanto su sentimiento como su imaginación. Para la conciencia inteligente, imagen no es sólo la figura de lo que se percibe, sino símbolo que se concibe y excede a la sensación que fue su causa; ella incide en el sentimiento, que a su vez actúa sobre el comportamiento; permitiendo por el otro lado los actos superiores del entendimiento que se transmiten por la palabra, la cual recibe la función simbólica principal  y permite que la experiencia sea formulada y transmitida, así como que las formas se vayan liberando de lo sensorial para los actos del pensamiento abstracto; se alcanza, de tal modo, una imaginación de la realidad estable y coherente, articulada por el pensamiento en un continuo espacio-temporal cuyo registro, compartido y transmitido colectivamente, hace posible la fijación cultural.

De manera que el comportamiento humano normal requiere de una conciencia inteligente, pero también de una imaginación estable y coherente de la realidad, con la que pueda el sujeto identificarse emocionalmente. Es en ese marco que puede él, confiadamente, explicarse lo que le pasa.

Y esto se ha venido perdiendo en un mundo que le es, cada vez, más extraño.

Porque a partir de que, con el Renacimiento, la razón se fuera independizando de creencias dogmáticas, se fue asimismo formalizando y cuantificando; es que los que sirven – para una aplicación tecnológica que resuelva problemas concretos – son los aspectos formalizables, mensurables y repetitivos de la realidad. Esto hizo posible su control técnico y posible así (unido a intereses materiales), el gigantesco desarrollo de la industrialización contemporánea y la configuración de una sociedad compleja, en la que el individuo termina (por la división del trabajo social) fraccionado en roles. Razón aplicada y funcional que ha ido dejando de atender sus necesidades imaginativas y emocionales (y ni termina de satisfacer las materiales).

Si aún fuera de sus roles ocupacionales, sigue regido al impero de las telecomunicaciones y los medios de comunicación social; que lo mantienen pendiente y no menos aislado, cooptado y no menos subordinado, por la sugestión publicitaria y la persuasión política; vale decir, conectado por la superficie o involucrado por la ideología; empobrecido y uniformado por ambos lados.

Su vida pierde entonces un sentido propio. Ya no puede identificarse – racional, emocional e imaginativamente – con lo que hace ni donde lo hace. Porque el significado que su realidad tenga tiene que poder corresponderse con el sentido que a sus actos quiera imprimir; y poder verse sin que su identidad sea negada o fragmentada. Lo que ha ido dejando de ocurrir.

Por eso es que hablar del sentido no tendría sentido normalmente; quizá esto que escribo tampoco lo tenga; seguramente no lo tiene la vida corriente cuando ella permite alguna dirección satisfactoria; es la ausencia de ésta, la que nos obliga hoy a plantearlo. Así como una frase cualquiera no expresa su propio sentido; con ser su condición de posibilidad: ni nos planteamos su verdad o falsedad si antes no le encontramos algún sentido. Sólo que a la vida no podemos desecharla sin más; en cambio, nos obliga ella a interrogarnos cuando dudamos de su valor por haberse perdido una orientación propia.

Orientación que de existir, despierta la razón de ser de las cosas; que es cuando éstas parecen dar paso a un porvenir a cuyo encuentro queremos salir. Sentido que está también en las cosas en tanto nuestro comportamiento las integra. Así, cobra significado la realidad en su conjunto y recobra nuestra vida su confianza en ella.

Pero nuestro análisis nos lleva a una conclusión distinta: la razón, que históricamente empezó liberando de los dogmas al hombre, terminó subordinándolo, con su aplicación, a un mundo que priva su vida de sentido… conclusión que puede generalizarse: si el sentido es el proceso de significar, vale decir, si es el devenir de algún significado, y si éste se apaga al fin en la insignificancia (de una realidad que ya no libera ni satisface)… una vez que esto sabemos, ¿es todavía posible la búsqueda de algún sentido que sea personal?, ¿la fe en una vida iluminada por la razón y guiada por la inteligencia; no por la ‘viveza ventajera’?

La respuesta se halla en la persistencia misma de la pregunta que hoy nos acosa acerca del sentido: porque la autoconciencia (requerida del sentido) es inevitable y necesita verse en el espejo de la realidad que vive (pero verse en su unidad, unicidad e integridad), es que el sostenimiento en afirmar algún sentido es afirmación del propio ser. De lo contrario insignificante será no sólo el destino de todo significado, sino que lo seremos nosotros mismos, por no haber sido capaces de renovarlo.



Juan Alberto Madile                                                

Rosario, septiembre de 2015

Publicación periodística: 02/11/2015

 

           

 



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