Juan Alberto Madile
Parménides de Elea
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Las mallas que pescan nuestra identidad

Vivimos alterados y fragmentados. Alterados por avisos de mensajes crepitando en nuestro celular a toda hora, que nos fragmentan. El número de cuyos reenvíos hasta se nos impone bajo sanciones vagamente

Vivimos alterados y fragmentados. Alterados por avisos de mensajes crepitando en nuestro celular a toda hora, que nos fragmentan. El número de cuyos reenvíos hasta se nos impone bajo sanciones vagamente mágico-religiosas. Hasta con el compromiso moral implicado en el pedido de reenvío a, entre otros, el remitante mismo, que controla así su cumplimiento. Y que nos apresuramos a ejecutar, urgidos por la necesidad de hacer llegar el mensaje al reenviado antes que lo haga otro. Dado que terminamos compartiendo todos, pasivamente, más o menos los mismos pensamientos, que ni nacieron de nosotros ni nos hemos esforzado por expresar siquiera sino que repetimos.

Reiteración de las interrupciones a lo que debiera ser la verdadera y necesaria interrupción a nuestras interacciones con el medio, que debiéramos hacer para poder así comunicar con nosotros mismos. Que en esto consiste nuestra vida interior.

A tal grado la alienación resultante, que hasta quedamos deseando que tales ruidos se produzcan. Y consultamos ansiosos por su ausencia momentánea.

Alteraciones que nos fragmentan en contenidos dispersos que atentan con nuestra vida inteligente inclusive. Siendo que ésta es la selección de los estímulos que ponemos en función de objetivos que nos totalicen; no su irrupción paralizante.

Alteraciones que interrumpen un reencuentro con nosotros. Pero que llegamos a preferir antes que aburrirnos.

 Es que estamos vacíos y no soportamos ese vacío que nos hemos vuelto.

Sin embargo, renunciar a la inquietud de la búsqueda nos entrega a la deriva de las señales banales, en que terminamos por perdernos.

Lo expuesto no desconoce el irreversible avance científico-tecnológico. Repasemos brevemente a este efecto, la evolución del pensamiento en general que conduce al mundo que vivimos. En la Antigüedad, el pensamiento empieza a apartarse de la mitología buscando el principio de lo real en algún primer elemento: agua, aire, fuego,... o en alguno del que deriven los otros para darles existencia unitaria. Pero entonces es que se trata ya del ser. Y éste implica el conocer. Siendo que ser es realidad en tanto que pensada. Se advierte además con la experiencia sensorial, que este ser no es fijo sino que cambia, que es y no es (Heráclito). Pero no puede admitirse que el ser sea y que a la vez no sea sin que ese pensamiento que busca la unidad se contradiga (Parménides). Tenemos pues ya implicados al ser de la realidad y a su devenir, al pensar y a los principios formales que lo rigen (de razón suficiente, de no contradicción) que guiarán el desarrollo ulterior de la razón. La cual, una vez salidos del mundo medieval (con su predominio del principio teológico) se afirma en el Renacimiento como razón que es humana, antidogmática, crítica y liberada de la creencia otra vez. Y que en el mundo moderno reflexiona sobre sí, fijando sus propios límites y exigiendo su comprobación y demostración. Nace con ello la ciencia empírica. Que pasa además a ser aplicada en nuestro mundo contemporáneo, como tecnología.

¡Cómo no había de alcanzar ésta a la comunicación de la información que es nuestro motor colectivo! Era inevitable que ello ocurriera.

Reubicados en nuestro mundo (y con el desarrollo de las ciencias sociales además), desde la perspectiva de una teoría sistémica se distinguen tipos diversos de sistemas: los hay físicos, orgánicos, socioculturales... y bien, en estos últimos, la energía (que todo sistema requiere para funcionar) es, justamente, la información.

Es que necesitan estos sistemas adaptarse a un ambiente que es complejo, variado y variable; aún actuar sobre él, elaborando y reelaborando su propia estructura (para evitar entropía). Para todo ello, redes de información y comunicación son requeridas

Información que debe estar disponible, ser codificada, registrada, compartida y transmitida.

Así, según la información disponible (que advirtamos en las sociedades humanas es simbólica, vale decir, que no es sólo la genética, de estructura fija), se ofrecen alternativas al agente, para la elección y decisión (lo que quiere decir: grados de libertad, no mera respuesta al estímulo).

Pero si en las redes sociales en cambio sus participantes, no es que reciban la información suficiente para la decisión efectiva y la resolución de problemas, sino que lo que hacen circular son superficialidades y en ocasión de eso, detalles de su vida, la información que en verdad se obtiene son esos datos que secretamente otros podrían negociar sin su consentimiento. Entonces el resultado bien puede ser que se vulnere la personalidad individual, se profane la vida privada, se trivialice la vida social.

No está mal que nos comuniquemos. Sólo que la telecomunicación de registro electrónico genera ese riesgo.

¿Cómo negar no obstante la tecnología, si aún la sociedad en su conjunto ha llegado a ser concebida, en la moderna teoría social, según la cibernética?... Es que consistiendo la vida humana, como socio-cultural que es, en producción, circulación y consumo de información, no podía menos que procederse a la tecnificación de esa, su energía específica.

Pero otra cosa es la banalización de la interacción y comunicación humana. Otra cosa es que se nos conduzca al contacto trivial y momentáneo, hasta anónimo, para que abramos nuestra intimidad a otros y que nuestros datos puedan disponerse fuera de nuestro control. ¿Nos estaríamos comunicando más y mejor, voluntariamente lo haríamos, o es que perdemos el control de nosotros mismos? 

Nuestra intimidad como probable mercancia, de ser este el caso, exhibida en un mercado de alcance global.

Juan Alberto Madile 

Rosario, marzo de 2019

Publicación periodística: 13 de marzo de 2019



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