Juan Alberto Madile
Montesquieu
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La información, ¿es realmente cultura?

La información, ¿es cultura? ¿es decir lo mismo?. Sin embargo, decimos estar informados y decimos ser cultos. No a la inversa.

La información, ¿es cultura? ¿es decir lo mismo?. Sin embargo, decimos estar  informados y decimos ser  cultos. No a la inversa. El estar se reduce a la situación y al tener que responder a ella; en tanto que el ser la trasciende. ¿Y estar, dónde? Socioculturalmente, en una realidad compleja y dinámica. Que es decir: en recurrentes situaciones, variadas y variables, diversas y cambiantes. Estar en ellas y a la vez librados a nosotros mismos; teniendo que tomar decisiones en ellas, menos equivocadas cuanto mayor y mejor sea la información disponible para el caso. Quiere decir que tenemos que estar informados, que estamos compelidos a ello. Y no más que para estados variados y variables, a los cuales sobrevivir. No lo es para abrirnos a un mundo entendido como significado de nuestra realidad y de nuestra vida, básica y esencialmente compartido por la sociedad. Que esto es su cultura; en la que sus integrantes se identifican y puedan así ellos mismos verse y ser, por tanto, en ella. Unidos además, a un futuro común.

¿La tiene nuestro pueblo? ¿se le provee al menos de información útil... o se le depara el espectáculo televisivo del debate estéril?... donde algunos se ponen a la venta con el engaño de ofrecer un bienestar inmediato que oculte el inevitable fracaso consecuente... o con la oferta de volver a estar bien cuando en verdad no quede qué dilapidar?

Desde el principio de nuestro mundo occidental, el pensamiento buscó la unidad del todo. Ya en cada respuesta a cada qué  ("esto es tal cosa", "aquello es tal otra"), está implicado el ser. ¿Y el ser  mismo, se preguntó entonces?. No más que en la unidad de los seres particulares, se dijo. ¿Y cómo hallarlo?. Se buscó a ese efecto un primer elemento (agua, aire, fuego,...). Pero de ser así, ¿y los otros elementos? ¿acaso no existen?. Se respondió que es el uno que se transforma en los otros (por rarefacción, condensación,...).

Explicación del cambio era además ya, por consiguiente: es el ser y es el devenir del ser; es una determinada representación de la realidad- hoy traduciríamos- y es la realización (cultural) de esa representación en un mundo (unitario); que se unen en el sentido de ese proceso. Sin que dejara de ser la búsqueda de la unidad (que la razón seguía demandando) de lo que se presentaba como fenoménico. Y que, ante una realidad crecientemente compleja, pasó a hallarse en la unidad del sistema, en su consistencia, en el principio (lógico) de no contradicción.

Misma búsqueda que llevó, en su origen, a elevar la vista al cielo en procura de lo sobrenatural. Con la esperanza de lo universal y eterno. Pero -hoy sabemos- lo universal no es más que abstracción y lo eterno, apenas mineral. Sumerjámonos en cambio en las raíces de nuestro propio ser. En las tres eses según nuestro idioma:sensorialidad, sensualidad  sensibilidad. Del cuerpo las dos primeras y del espíritu (objetivado en la cultura social, cultivado en la intelectual) la tercera. Que sigue siendo unidad de lo existente según aquella misma exigencia racional. Para conocernos (como unidad) y no perdernos en las cosas. Y que sigue siendo obediencia a aquel antiguo consejo del Conócete a tí mismo de uno de los Siete Sabios de Grecia; en los principios mismos de nuestra razón occidental, y que ya daba cuenta de la utilidad final que ésta debía tener. He aquí la sabiduría  por alcanzar del animal cultural y del ser pensante que somos: unificar para unificarnos y reconocernos, significar para significarnos.

De manera que cultura social (la de un pueblo, que no necesariamente sea de masas) no equivale a información. Visión de la realidad compartida y valorada como propia la primera; a la que le corresponde el signo, el significado, el valor; para un mundo significativo que dé sentido a la vida. Orientada a lo emergente en su mera inmediatez la segunda; función  de decisiones que le urge adoptar al agente moderno (ante el abanico de posibilidades que vez a vez se le abre); guiado por la pauta de orientación práctica, por razones circunstanciales y para el interés próximo.  

Ni equivale inforrmación -menos aún- a cultura intelectual. Porque el ser y el devenir se encuentran en el sentido, que es la razón que se siente en la vivencia,es  el que se vive. Y se vive como comprensión de un mundo que es correlato de todo hombre, no ya reducido a creencias y prácticas del pueblo a que pertenece.

Si en nuestros orígenes, en el mundo griego antiguo, no se separaban religión, arte y filosofía... si no eran diferentes la fe, la sensibilidad y el pensamiento... que entonces el despliegue ulterior no destruya la unidad que da sentido. Y hace que la razón se sienta. O lo que es peor, no quede subordinado al mero cálculo económico. Además que la sola orientación a este cálculo -está comprobado- nos está conduciendo a la autodestrucción planetaria.

Reaccionemos pues antes de eso, volviendo a la unidad de la vida y que sea sin pérdida de lo adquirido. Para ello, se requiere del orden armónico que proporciona una educación, tanto en el plano social como en el individual.

Acceso por tanto a una cultura intelectual que administren quienes la cultivan. Que aunque ella no tenga aplicación inmediata, parezca por eso no ser útil y hasta representar a veces una desventaja estratégica, nunca dejará de brindar esa visión integral de la realidad que hace se  integre quien la posee.

Y preguntémonos por fin si se ha mejorado la educación en nuestro país en las últimas tres décadas, en que ni los mecanismos formales de la democracia se han cumplido siquiera. Si a quienes detentan los privilegios del sistema (y el privilegio no es un derecho subjetivo que merezca ser garantizado por un derecho legítimo) o a quienes se enriquecen por su cercanía al poder, les conviene tal mejora; la que forma al hombre ilustrado y a un ciudadano responsable que a su vez exija rendición de cuentas... Y sabemos con Montesquieu que no hay democracia sin educación.

Vemos en cambio que nuestros candidatos han dejado de proponer modos de vida, ni siquiera ideologías justificatorias intentan, sino apenas un artificial producto publicitario que consiste en hacernos creer que obtener el poder por ellos coincide con alcanzar nuestras metas por nosotros. De modo que el resultado no será que estemos mejor nosotros sino que ciertamente lo estarán  ellos, al obtener ventajas que el poder facilita y que vemos después no se derogan (por interés de una clase política que sigue siendo la misma).

Y lo más triste es comprobar que nuestro pueblo parece muchas veces preferir el engaño antes que asumir esfuerzo alguno. Y siga festejando la infracción de un gol con la mano... mientras sea en su beneficio. Aplíquese esto a lo demás y piénsese qué futuro común pueda unirnos.

Publicación periodística: 05/08/2019



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