Juan Alberto Madile
Dios egipcio de la escritura con forma de babuino
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Un texto sobre el texto

Asistimos hoy a un descreimiento en los valores de la modernidad por ausencia de fundamentos,  por dispersión del sujeto en una sociedad... 

Asistimos hoy a un descreimiento en los valores de la modernidad por ausencia de fundamentos, por dispersión del sujeto en una sociedad extremadamente diferenciada y compleja.

De ello se ha seguido una pérdida de identidad; en última instancia, la no asunción de una responsabilidad moral.

Porque, si bien hay reparos al llamado cogito cartesiano -con que se inicia el pensamiento moderno y sostiene sea posible un conocimiento directo e inmediato del propio ser-, ello no implica necesariamente pérdida de identidad.

Dice Descartes: cogito, ergo sum; pienso, luego soy; de esto no se puede dudar según él; sí, debo en cambio hacerlo, de todo cuanto no se muestre evidente, indica su método.

Es que el hecho de que piense me da sólo la certeza de que existo hic et nunc (aquí y ahora) -debe objetársele-, no de que sea ya algo distinto a mi cuerpo. El ser resulta, recién, de un devenir; es un poder llegar a ser en el tiempo, nunca definitivo además.

Por añadidura, el saber que existo es referencia a un cuerpo y no separación absoluta de él, como en cambio afirma dicho pensador. Porque existo y puedo llegar llegar a ser, en tanto que éste permanezca.

Permanencia que hace posible el hecho del pensamiento. Es más: pienso con mi cuerpo, si bien lo que pienso no se reduce a éste.

Mi pensamiento es tanto conciencia de relaciones en la realidad como de mi propio relacionamiento en el tiempo: mi yo es la continuidad de mi pasado que la memoria retiene y retoma cada vez, y es orientación a un futuro que mis propósitos proyectan.

Y en tanto piense, debo dudar de todo lo demás, en efecto, a partir de esa única certeza: la de mi existencia actual... en cuanto logre apartarme de ideas innatas y entidades metafísicas supuestas por el referido filósofo. La duda, siempre la duda... consustancial a la razón, pero mejor que una certeza apresurada en tanto que obliga al replanteo y a no pactar con el error aunque venga respaldado por textos sagrados.

Por otra parte no es lo mismo lo que yo sea en general, como algo reconocible en el tiempo -antes y después de ahora, para los demás y para la sociedad- que lo que soy para mí mismo, como testigo de mis actos. Y lo que soy por mí mismo, por dichos actos.

Cuando digo que soy el mismo (misma conciencia, mismo cuerpo, misma personalidad) digo, además, que soy un sí mismo porque soy a la vez autoconsciente.

Sin embargo, este sí mismo es más en proyecto que en presencia real. Es un querer hacerme y es un llegar a ser, con los actos que auténticamente me pertenezcan y expresen.

Ya cuando hablo, estoy siendo un sujeto que algo hace. Sujeto de enunciación en tal caso, sujeto de acción en general y más aún: sujeto moral, que se está comprometiendo con lo que dice.

Entonces: permanencia de la personalidad y del carácter, pero mantenimiento de sí mismo en la palabra, en la promesa.

Y hay otra existencia (mediadora) no considerada por Descartes: la del lenguaje.

De modo que no me conozco de un modo inmediato sino que lo hago, tanto por medio de la conciencia ajena de otros como yo (igualmente conscientes) como a través de mi propio comportamiento (consciente) en el tiempo. Y no sólo así; también lo hago con la objetivación de mi ser que la expresión de la palabra me permite.

Palabra que, aquí y ahora, fijo en el presente texto y destino a lectores improbables.

Entonces, con la palabra me expreso pero también me comprometo en el mundo, lo que implica mi responsabilidad y lo que me abre a un deber ser que se advierte con la promesa; la que, no siendo más que palabra, me vincula sin embargo a su cumplimiento.

Y tal palabra, más aún la fijada por escrito, me permite reconocerme. Y acaso su lectura por otro -con que el texto se completaría- invite asimismo a éste, a reflexionar sobre sí.

Nada he dicho en el sentido de un contenido nuevo hasta aquí. Tan sólo, una invitación a pensarse. Lo que implica: reflejarse en el otro, encontrar la palabra que a uno lo exprese y comprometerse con ella. No es más que palabra, pero que compromete al hombre de honor.

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...Los conceptos y sus nombres... las palabras que los dicen... las ideas y los pensamientos volátiles... todo eso pretendemos que no se pierda y que perdure en el tiempo. Por eso, lo fijamos por escrito. Que lo que decimos en la fugacidad del instante, sobreviva y dé testimonio de un pensamiento que hemos considerado valioso. Aquellos mismos textos sagrados... que una vez descifrados han contribuido a conocer el pasado.

En un proceso que requiere de estudio y elaboración a través de los signos y símbolos de la cultura a la que se pertenece; y que permita al fin esa autocomprensión que acaso se logra recién al cabo de una vida; justo antes de que ésta decaiga; es cuando uno se recuerda.

Experiencia que trazamos en un texto, en un discurso escrito que destinamos a alguien ausente, ignorado e incierto tal vez. Pero que quien sea, proyectamos lo interprete y hasta pueda ayudarlo a comprenderse. Comprender es comprenderse ante el texto, decía P. Ricoeur.

No es más que una huella que dejamos. Pero que puede que alguien retome, no necesariamente en la misma dirección ni con el mismo sentido. Es así como se contribuye a una experiencia colectiva que, en lo que ella tiene de significativa, nos hace más humanos.

El discurso es, ya en sí, manifestación de un pensamiento mediante las potencialidades del lenguaje: aquí y ahora alguien dice algo, comunicando a otros una experiencia de modo que una parte del mundo llegue al lenguaje por medio de tal discurso. Pero si además se lo escribe del modo más preciso posible y encontrando su mejor forma literaria, algo debiera tener que quedar... que impulse a otros a proseguirlo a su manera.

Es así como se han desarrollado, tanto la cultura social como la inteligencia humana. La primera, porque su transmisión ha llevado a lo que somos; y la segunda, porque ella consiste en capacidad de aprender. Y se la desarrolla, aprendiendo.

Juan Alberto Madile.

Su publicación periodística: el 22 de septiembre de 2020 en Rosario (Argentina), con el título: "Una experiencia que nos hace más humanos"



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