Juan Alberto Madile
Descendimiento de Jesús, de G. Caravaggio
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Desamparo

¿Cuáles fueron, históricamente, los contenidos culturales que ofrecieron algún refugio mental a sus contemporáneos?

¿Cuáles fueron, históricamente, los contenidos culturales que ofrecieron algún refugio mental a sus contemporáneos?

Primero fue la religión; a ella le siguió el arte, la ciencia, luego la tecnología. Que debieron contar, en la estructura social respectiva, con servicios de protección y asistencia que ampararan al individuo, tanto de infortunios de la naturaleza como de ataques de los demás.

Y ya con la religión, fue la familia; por la necesidad de proteger al niño, ésta; y por la nostalgia del padre que aquélla suscita, más tarde, dada la angustia por todo lo que el destino depare, la creencia entonces en un padre que provea; y con poderes supremos.

Porque más tarde, en nuestra vida, esa angustia no cesa; podremos distraernos con pasatiempos o concentrarnos con el pensamiento o liberarnos con la imaginación (la ciencia, el arte), pero nos continuaremos preguntando por el sentido de la vida; interrogante implícito, precisamente, en todo sistema religioso, que dice darnos la respuesta total.

¿Será que justamente nos haremos la pregunta porque ya tenemos en la religión la respuesta  que nos satisface... porque queremos creer en alguna trascendencia que sea la respuesta que brinde el amparo?

Desde el psicoanálisis se explica que lo inmediato es la sensación de nuestra "mismidad": el yo, unidad independiente y demarcada de todo lo demás. Pero este yo se continuaría hacia adentro (sin límites precisos) con una entidad inconsciente (el ello). Que se prolongaría a su vez -según cierta interpretación- en "arquetipos" o figuras "ancestrales", que estarían universalmente extendidos. De modo que además de las reminiscencias personales habría grandes figuraciones que serían inherentes a todo cerebro... "posibilidades humanas de lo que ha sido siempre". 

Lo que explicaría la repetición de ciertos argumentos y temas de leyendas, "bajo formas idénticas". No es que se hereden pero sí que se daría siempre la "posibilidad de la figuración"; ello en capas más profundas que harían a un "inconsciente colectivo"; tanto como pensamiento como sentimiento. Con "independencia relativa"... que algunos han vuelto a vincular con la religiosidad.

Sí mantiene el yo límites que son más precisos, con el exterior; aunque no significa que ellos sean inmutables. Desplegándose en tal espacio la conducta; que tiene un sentido dictado según el psicoanálisis, en su origen, por el principio del placer.

Si bien hay otro principio -el de la realidad-, que sugiere prudencia, de modo de "evitar el sufrimiento [aún] relegando obtener el placer". De donde: la aconsejable moderación, o las distracciones, o la sublimación (por la creatividad, por el afán de conocer,...).

Pero así como la angustia primordial no cesa, tampoco lo hace esta aspiración a ser feliz. Esta contraposición explicaría el carácter neurótico del hombre contemporáneo (de cuyo estudio ha surgido centralmente, la psicología misma y su primer desarrollo). Carácter debido tanto a la frustración de tal aspiración -en parte, por exigencias que son culturales- como a la decepción por los resultados del progreso tecnológico (epidemias, contaminación, acumulación de residuos).

E imagen de esa aspiración -acaso facilitada por la disminución del temor religioso-, parece haber sido en nuestra época, el amor sexual. "Que deja de lado el sufrimiento", o hace creer que vale éste la pena (al hacernos en parte más vulnerables o ponernos más recelosos, desasosegados) si su precio es aquél. Es claro que puede además aspirarse a un goce estético (que armonice y equilibre), a un conocimiento (que ordene la mente)... pero la opción que sea,  en una realidad experimentada en todo caso como insatisfactoria.

¿Vuelta a la religión, entonces? O no ya posible, según unos; o que puede evitar la neurosis pero a costa de reducir la plenitud de la vida, según otros... o siempre necesaria por aquella nostalgia en el amor protector.

De manera que no es sólo que seamos infelices por la caducidad de nuestro cuerpo o por la conciencia de nuestra finitud -cuando aquella esperanza religiosa se ha desvanecido-, sino también por nuestra propia realidad sociocultural en tanto que reducida a cultura de masas y en tanto que carente de eficaces y eficientes servicios sociales (de salud, educación, seguridad), no obstante la tecnología hoy disponible.

Entonces la pregunta central es acerca del valor de nuestra sociocultura, para la felicidad. Lo cual supone otros interrogantes:

Dada su estructura, ¿los roles se asumen y se cumplen?, ¿las funciones se desempeñan?, ¿los servicios se prestan debidamente?...

Y en una cultura social sólo de masas: ¿no queda, acaso, más que un individuo impotente frente a la pantalla y el monitor?, ¿es él, por tanto, ciudadano, o no más que consumidor y votante?, ¿qué resulta más probable, la fina sensibilidad de la alta cultura que una buena educación permite alcanzar, o el predominio de una ignorancia resentida que la política explota?, ¿la utilidad, único fin (cuando no es más que medio), por el valor que las masas acuerdan al consumo ostensivo y que la publicidad de las marcas fomenta?

Se ha pretendido generalizar la explicación de este descontento, diciendo que es condición inevitable de toda cultura la insatisfacción de instintos poderosos, y que esto genera necesariamente hostilidad hacia ella. Pero no toda cultura es de igual contenido ni debe perderse de vista su importante función. Ella permite ampliar las relaciones humanas a círculos sociales más amplios que el parentesco, al proveer de pautas y significados comunes que hacen posible una (al menos básica) reciprocidad de las perspectivas entre individuos diferentes. Ella permite, en suma: una transmisión del conocimiento y una conservación de la estructura social. 

Es verdad que la cultura restringe la libertad individual y la sexualidad genital. Pero no es menos cierto que la libertad nunca puede ser absoluta. Hay también un necesario sentimiento de dependencia a la colectividad (no sólo desde lo ancestral antes referido) y hay por otra parte la búsqueda de un ideal personal. Que no se reduce, como en cierta interpretación, a la exaltación del sentimiento de la personalidad ni al sentimiento de placer que se expresaría, según tal enfoque, como "sentimiento de poder"... siendo que no deja de obedecer en el fondo -nos permitimos resaltar- a un sentimiento de inseguridad y de inferioridad, que es lo que le hace construir al individuo ese fin ficticio, esa (pretendida) voluntad de poder.

He aquí pues, al hombre, con su angustia existencial, arrojado a una realidad inhóspita y desamparado en ella.

Y como sea que es hoy la cultura menos represiva en lo sexual (que cuando en el siglo pasado comenzaron a estudiarse y a tratarse  las neurosis), en su forma utilitaria no ha cesado de contribuir a masificarlo, desarraigándolo de su base y aislándolo de un entorno afectivo.

Manifestación de ello no es ya sólo la neurosis sino la directa agresividad: lo que la competencia forzaba a reprimir en uno mismo y la generaba, se ha tornado actualmente clima general de una hostilidad que ya no se controla, ni por las instancias psíquicas en el individuo ni por las instituciones de la sociedad... muy lejos de aquel anhelo de felicidad del "amar y ser amado".

Porque la competencia, ¿es deseo de ganar o termina siendo necesidad de no perder... siendo como es, un imperativo cultural? Entonces, la fuente es ese mismo sentimiento de inferioridad existente en una sociedad que le exige altas metas a obtener por sí mismo, a un individuo, que a la vez desampara... que aún sin violencia, permite se lo someta cotidianamente a una aspereza de trato donde el sarcasmo ha reemplazado al humor. ¿Qué amable reciprocidad  (y amable significa: "digna de ser amada") cabe esperar, pues, en ella?

Por: Juan Alberto Madile, en Rosario, el 12 de Marzo de 2021                                                                            

 Su publicación periodística: en Rosario (santa Fe), el 15/03/2021.



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