Juan Alberto Madile - Pensamientos
Detalle de La persistencia de la memoria
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Un futuro proyectado

En otra columna ("La memoria del tiempo vivido") me ocupé de nuestro pasado, tanto de su memoria como de su gravitación en nuestro presente.

En otra columna ("La memoria del tiempo vivido") me ocupé de nuestro pasado, tanto de su memoria como de su gravitación en nuestro presente.

Pero quedó sin un suficiente desarrollo el interrogante sobre si esa gravitación nos determina el futuro. En otros términos, ¿suprime el ser en el pasado la libertad personal?

En modo alguno. Haber sido no implica tener que ser. Si precisamente solemos estar descontentos con el estado actual y preferimos vernos reflejados en proyectos actuales que lo superen. Si solemos sentir que nuestro presente no es precisamente el futuro de nuestro pasado; quiero decir: no es lo que esperábamos en nuestro pasado que nuestro futuro fuera. Si por lo común, el presente no nos satisface.

En verdad, un presente medianamente normal, no es ni bueno ni malo. No es más que la realidad que se nos impone y que debemos asumir. Y que es cierto que suele no coincidir: ni con nuestros momentos felices del pasado... pero que sólo retenemos hoy como recuerdo doloroso de una pérdida; ni con nuestras esperanzas, en que nos imaginamos en un futuro deseado... pero asimismo incierto. Es decir: así como no nos satisface el presente, también suele apenarnos el pasado y atemorizarnos el futuro.

Salvo en ese presente, singularmente privilegiado y único absoluto que nos es asequible, de intensa concentración de toda nuestra vida que tenemos en algún momento... sólo que no podemos detenernos en él y debemos dejarlo ir.

Pero el pasado, si bien gravita en nuestro presente no suprime nuestra libertad en él. Por el contrario, nos permite ejecutar mejor nuestros proyectos por la eficacia que nos procura la experiencia adquirida.

No reneguemos pues, de nuestra propia índole temporal. Si justamente la realidad no nos es absurda cuando llegamos a comprender que muchas veces las cosas cobran un sentido recién en el tiempo; si bien nuestra conciencia de éste también nos señala la condición pasajera de la vida.

En todo momento, experimentamos en nosotros cambiantes estados de conciencia. El tiempo en ellos es tanto lo que duran, como el paso de un estado al otro, como la serie en que se suceden. Pero que la comprobación de esta inconstancia no nos prive del interés por vivirlos.

Es sólo que nuestra perspectiva de las cosas es siempre del instante en que estamos vivos; y lo inmediato en éste, no es más que nuestro estado de ánimo, asimismo variable. Pero atento también a que ese mismo instante es el de nuestras posibilidades de realización. Siempre hay desde aquí futuro: lo hay, sea próximo o lejano, en tanto que algún proyecto nos abra a él. Y siempre lo haremos, inevitablemente, a partir de este único instante.

Si hasta para percibirme, por caso, necesito del tiempo. Sea que me adelante a él o que me demore. Me adelanto, cuando me pro-pongo algo, decido ejecutarlo y me imagino en situación de haberlo hecho. Gramaticalmente, en futuro perfecto: cuando lo haga, seré lo que habré realizado. Y me atraso, cuando me recuerdo en ocasiones de mi pasado.

Me adelanto o me atraso en virtud de mi conciencia (actual) del tiempo. Sólo así puedo "verme" como espectador de mi propio ser; sea en mi comportamiento pasado, sea en su posibilidad futura.

De modo que aunque yo sea mi pasado, es en ese futuro elegido que quiero imaginarme; dado que éste supone en su realización, el ejercicio de mi libertad.

Y si pretendo coincidir conmigo en el mismo instante en que me pienso, no hallo más que un vacío: precisamente, el de mi estado de ánimo. Es que la percepción directa de mí mismo no es más que una sensación de existir.

Y el sólo existir carece de razón de ser porque nuestra conciencia no tiene un contenido que le sea propio: es conciencia, en cada caso, de algo distinto de ella misma; pero requiere, eso sí, que este algo tenga algún sentido para ella.

De ahí la necesidad que tenemos de conocer la realidad y no sólo de percibirla: las relaciones que al conocer establecemos en ella, nos dan la fijeza de que carecemos en nosotros mismos.

Vale decir: sólo nos encontramos en el tiempo de nuestra realización personal; en un proyecto que dé sentido a nuestro presente y nos anticipe un porvenir elegido.

Porque su ausencia, en cambio, nos reduce a la materialidad de un cuerpo que, por el mero transcurso del tiempo, no hará otra cosa que envejecer.

Su publicación periodística: el 05/07/2021 en Rosario, (Santa Fe), Argentina.

 



Una buena voluntad