Juan Alberto Madile - Pensamientos
Agustí­n de Hipona
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De un preterito imperfecto al futuro perfecto

Estamos vivos. Entre nacimiento y muerte, lo estamos. Y estándolo, hacemos y pensamos. Hacer que no se limita a la reacción al estímulo

Estamos vivos. Entre nacimiento y muerte, lo estamos. Y estándolo, hacemos y pensamos. Hacer que no se limita a la reacción al estímulo sino que nos permite suspender ese movimiento y ensayar otros; si aún nuestra conciencia inteligente, que nos permite pensar, es la elección del estímulo mismo y no sólo su respuesta.

Ubicados como estamos, siempre, en una realidad; ic et nunc; que es el espacio de alguna situación concreta, con sus circunstancias [circum-stare]; donde encontramos a las cosas, a los demás y a nosotros mismos estando con ellos; que aunque podamos cambiarla, no será sino por otra situación concreta: y adoptando en cada una de ellas, una cierta perspectiva de aquello que nos rodea.

Realidad que es asimismo temporal. Vivimos en cierta época histórica y en cierta comunidad sociocultural. Nuestro propio ser es pues en el tiempo; lo cual, por efímero y fugaz que éste sea, nos hace responsables de lo que en él hacemos... si la única paz que encuentra el hombre responsable es ese momento de calma, de cansancio satisfecho, que se da entre una ocupación y la siguiente preocupación. Así fue con nuestros antecesores, que llegaron con una cultura del trabajo y crearon riqueza... en lugar de reclamar su dstribución sin esfuerzo.

Por tanto somos nuestro pasado, irrecuperable, irrepetible e irreparable y que no obstante siempre nos vuelve... precisamente porque lo somos.

Circunstancias del pasado que la memoria ha retenido y que afluyen a la anticipación de un futuro que nuestra conciencia quiere imaginar mejor, en la unidad de proyectos con que pretendemos superar nuestra dispersión en el tiempo y dar un sentido a nuestra vida.

Y como a lo que hacemos y pensamos (y con lo que pretendemos ser, en definitiva), lo expresamos con palabras, que sea en nuestra lengua, tan precisa y elegante como es, tan rica en tiempos y modos verbales -por tanto no la deformemos-, que decimos que el ser del hombre es el intento de distensión entre el pasado que recuerda y el futuro que imagina: del pretérito imperfecto del vivía, al futuro perfecto del habré vivido... y haberlo hecho con integridad y significatividad.

Donde integridad implica principio lógico de no contradicción pero aplicado a la conducta; y significatividad, dicho por negación de su opuesto, no haber vivido apegado de un modo excesivo y exclusivo a los intereses materiales, y dicho en sentido positivo, haberlo hecho cultivando el espíritu.

  Pero se dirá, ¿acaso el espíritu existe? Sí que existe. La simple razón de su existencia la proporciona el que seamos conscientes más allá de nuestra percepción sensorial; y la simple prueba, es la existencia de una cultura social que fundamenta a toda comunidad de hombres, donde sólo ese espíritu (objetivo) y no sus cuerpos, es lo que se transmite, pero a otros cuerpos asimismo perecederos. De manera que lo que permanece es ese contenido; y nuestro mérito a su respecto: haber contribuido a su enriquecimiento.

Por eso escribir. Y que sean ideas nobles que contribuyan a que la vida tenga sentido, el pensamiento exista y pueda permanecer en el Ser. Aunque en lo inmediato no se las lea...si lo único capaz de resucitar es la letra muerta, porque yace en ella latente siempre, un significado a recuperar. Así hemos aprendido: de los chinos antiguos la importancia de la educación; de los Siete Sabios de Grecia a conocernos (nosce te ipsum, en latín), a que aún lo importante no debe ser dicho sino en su oportunidad y hecho en su medida; más tarde, de los estoicos, a afrontar el destino con serenidad... 

Pero es verdad que el "viví", el "vivía", el "había vivido", el "he vivido", todas formas del pasado, no llenan nuestro presente, el que permanece vacío de lo ya vivido; y que las del futuro como "viviré", "habré vivido", nos hacen presente nuestro destino final. Pero que éste quede oculto al menos tras nuestros proyectos, que dan sentido actual a nuestra vida.

Es que el tiempo en sí queda vacío... sin lo que hagamos en él. Ya en el siglo IV d.C., el obispo de Hipona Agustín distinguió eternidad de tiempo y advirtió que éste tiene tres dimensiones: el pasado que ya no es, el futuro que todavía tampoco y el presente que no tiene duración; que por tanto, lo que medimos en él es la sucesión de estados de las cosas que duran; índice del cual es pues, el curso mismo de esas cosas, vale decir, el movimiento; y que para que se pueda medir lo que cambia se hace preciso que lo que cambia, lo haga ante algo que no lo hace: la conciencia, en la que el pasado se conserva como memoria y el futuro se hace presente como expectativa...

Pero más acá de cualquier interpretación, somos en concreto manifestación de vida, ese inmemorial pasaje de la primera expansión de la energía ciega hasta la vida que llega a ser consciente de sí; vale decir, hasta nosotros... que estamos vivos.

Su publicación como columna periodística, el 19 de abril del 2023 y el 29 de mayo del 2023.

 



Una buena voluntad